martes, 13 de octubre de 2009

16/

Nunca alcanza nada, la nada misma es todo para algunos y los otros se quedaron en el veremos. Los delirios de grandeza mejor guardarlos, no vaya a ser que se enteren de lo que andan diciendo por ahí; ¿es que tan frustrado se siente?. Tal vez necesitemos tirar la casa por la ventana; deshacer lo dicho y hecho donde no hubo mucho trecho -cosa rara en éstos tiempos decía mi abuela-, ¿y vos qué decís?. Nada. Pero ya sabés, estás avisado: nunca alcanza la nada, la nada misma es todo para mí.

sábado, 12 de septiembre de 2009

15/

La cabeza se me parte. Dos, cuatro, seis, siete pedazos; el siete me agrada. Afuera escucho los incesantes ruidos de la construcción, parecen a propósito. Y yo acá mato el tiempo escribiendo, dormir ya no puedo; los siete pedazos no me permiten el sueño, están pegados contra el cráneo, insistentes, hinchados, y en mi frente una vena resalta al tacto, latente; gritándome que es en vano, que me detenga aquí y espere, que no lo tome como un desafío. Pero ya es tarde, bastante tarde; el medicamento hizo su efecto y yo me quedo con mi pedazo único de crónica cotidiana. Se escuchan aplausos.

martes, 25 de agosto de 2009

14/

Vos estabas ahí conmigo, pero permaneciste inmóvil, totalmente abstraído en vaya uno a saber qué. Dejaste que me hunda en lo más profundo de las profundidades; que además de faltarme el aire, el poco que tenía todavía por respirar lo sienta pesado, puro dióxido de carbono; dejaste que mis arrugas se convirtieran en grandes y horrosos zurcos que prometiste llenar... ¿Llenar con qué? -me pregunto- si lo que tenías para dar no fue, no es, no será. Futuro del indicativo y a la lona ¿no?.
Cómo habrá sido la revelación que en ese preciso instante en el que me sentí el ser más desoladamente vulnerable de los universos, algo se alineó -¿habrán sido los planetas de los planetas?- y me di cuenta de que tu lunas no son tan distintas a las mías, que si me dejaste caer y derrapar por los siglos de los siglos fue porque vos te sentiste -sentís, sentís-, tan empañado, desgraciado y dependiente como yo lo fui.
Ahora el entendimiento; mi minuto llegó y nuestras lunas ya no se encuentran, ni siquiera son parecidas; somos antónimos.

jueves, 20 de agosto de 2009

13/

(Texto para la facultad: las palabras en negrita eran las que debíamos usar, el tema del texto era a elección entre algunos que nos dieron, yo elegí "mi casa").


Para ella era laberíntica, muchas veces se había perdido en aquellos entrañables pasillos de la casa, de su casa. El salón comedor le parecía de lo más exuberante; los destellos de luz que entraban por la persiana entrabierta creaban un efecto de brillo en cada uno de los muebles, como si fueran preciados abalorios. Sin embargo, su lugar favorito era la habitación del linde de la casa; para llegar hasta allí debía recorrer con mullida sinuosidad cada pasillo, parecían flexibles; a medida que los contornoeaba sentía que se estiraban, que no iba a alcanzarle el aliento y eso le erizaba la piel. Ya estaba a mitad de camino y el ambiente caldeado de la cocina la sofocaba, tomó su cuenco preferido, vertió agua en él y la bebió, el álgido líquido recorrió todo su cuerpo; estaba lista para seguir su oblicuo camino hasta la última habitación. Salió por la puerta totalmente ajada y corrió el último tramo bramando de manera estridente oraciones que ni ella comprendía. Y ahí estaba finalmente, el aire despejado y el olor a incienso de coco se colaban por doquier; las estrujadas paredes de color vinoso que le servían de abrigo creaban una atmósfera de bahía. Estaba a salvo, había encontrado el final del laberinto, una vez más.

12/

Dice que quiere una casa, quiere un angar y una torre de lanzamiento. Yo lo escucho algo distraída; ya conozco ese sermón de memoria. ¡Cantate otra! le grito para mis adentros. A medida que escribo y sigo escuchándolo cantar voy inspeccionando los trazos en mis letras, en mis palabras bien escritas pero algo deformadas, tal vez por la hora o por el hambre o por las ganas de fumar.
Algunas parecen desesperadas por salir disparadas de la birome, se atropellan, la ere que se confunde con la ene, son bastante tercas. Todas quieren ser primeras aunque cuando salen y se secan en el papel se desilucionan; ingenuas. ¡Somos las últimas! gritan quejosamente. Ser último es digno de recordarse también.

martes, 18 de agosto de 2009

11/

A mí no me molestaba el zumbido, ni siquiera lo escuchaba esta vez. Lo que me fastidiaba eran los pequeños eclipses momentáneos que hacía cuando se posaba cerca del velador.
Cuando me falta la luz, automáticamente poso la vista sobre la lámpara, sobre el insecto y mantengo la mirada allí como esperando que le pese, que lo oprima; y así finalmente caiga rendido permitiéndome sumergirme, una vez más, en mis corrientes de palabras. Pero continúa ahí, como el cuervo de Poe; no me permite pensar en nada más que en él, maldito insecto. Saca a relucir mi tan odiada vagancia; de levantarme y deshacerme de él... Ni hablar -además, ¿qué es eso de dejar la cama a estas horas?.
Ya es tarde y alguien que no te conoce como yo lo hago diría que tu llamado es inoportuno, es tarde amigo. Cuelgo el teléfono y miro nuestra foto de aquél par de días en Rosario; me gustaría que tu caminata finalice en mi casa, pero ya sabés cómo son acá; que dejate de joder, dormí bien, la facultad. Y justo hoy es un día en el que el sueño no me faltó, un día, una noche más bien, en la que me gustaría que vengas, te acerques y charlemos sobre antónimos, sinónimos e ideas afines.
Que mates al puto insecto y podamos seguir leyendo.

10/

Me levanté nerviosa, tal vez por alguna que otra maldita pesadilla. Tomé conciencia, sentía el roce de las sábanas en la cara, en las piernas, los brazos, tapada hasta la naríz. No, todavía los ojos estaban cerrados. Sentía su perfume en mi pelo y su recuerdo me angustiaba.
Los ojos ya sentían que era el momento de encandilarse con la luz de la mañana, en mi cuarto no hay cortinas. Y el cerebro les ordenó a los ojos que se abrieran una vez más, que se maravillen con un deslumbrante día nuevo (o eso era lo que creía el cerebro; él es ciego). Penumbra, penumbra total. Y de nuevo el perfume... Tan intenso, tan de él.
Y ahí la ví. Entre los pliegos de mi colcha, tiesa, dormitando aún; la tomé con cuidado entre mis dedos, la acomodé en mi palma y la observé como si nunca la hubiera visto en mi vida. Me angustió más aún de lo que ya estaba (tiesa, dormitando aún) y casi la estrujo cerrando el puño; sí, sería rápido y descargador. ¿Pero después qué haría con los restos?, caería nuevamente en la angustia de no saber qué hacer, ni qué decir(me), ni qué pensar. En unos pocos segundos esos pensamientos devastadores desaparacieron, seguí observándola, detalladamente, en silencio. Empezaba a amanecer y no quería ver el alba; ya me había acostumbrado a la penumbra.
La deslicé suavemente por entre los pliegos de la colcha, su lugar de pertenencia. Los ojos me ardían, el cerebro quería seguir aprovechando su momento de visión pero ellos ganaron esta vez y se cerraron. Me dormí perfumada una vez más.
Tiesa, dormitando... Aún.