martes, 18 de agosto de 2009

10/

Me levanté nerviosa, tal vez por alguna que otra maldita pesadilla. Tomé conciencia, sentía el roce de las sábanas en la cara, en las piernas, los brazos, tapada hasta la naríz. No, todavía los ojos estaban cerrados. Sentía su perfume en mi pelo y su recuerdo me angustiaba.
Los ojos ya sentían que era el momento de encandilarse con la luz de la mañana, en mi cuarto no hay cortinas. Y el cerebro les ordenó a los ojos que se abrieran una vez más, que se maravillen con un deslumbrante día nuevo (o eso era lo que creía el cerebro; él es ciego). Penumbra, penumbra total. Y de nuevo el perfume... Tan intenso, tan de él.
Y ahí la ví. Entre los pliegos de mi colcha, tiesa, dormitando aún; la tomé con cuidado entre mis dedos, la acomodé en mi palma y la observé como si nunca la hubiera visto en mi vida. Me angustió más aún de lo que ya estaba (tiesa, dormitando aún) y casi la estrujo cerrando el puño; sí, sería rápido y descargador. ¿Pero después qué haría con los restos?, caería nuevamente en la angustia de no saber qué hacer, ni qué decir(me), ni qué pensar. En unos pocos segundos esos pensamientos devastadores desaparacieron, seguí observándola, detalladamente, en silencio. Empezaba a amanecer y no quería ver el alba; ya me había acostumbrado a la penumbra.
La deslicé suavemente por entre los pliegos de la colcha, su lugar de pertenencia. Los ojos me ardían, el cerebro quería seguir aprovechando su momento de visión pero ellos ganaron esta vez y se cerraron. Me dormí perfumada una vez más.
Tiesa, dormitando... Aún.

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