martes, 19 de enero de 2010

18/

Un día irremediable como cualquier otro. Irremediable porque la lapicera carecía de tinta -qué más trágico para mí que eso-, porque las palabras que había pensado de manera minuciosa quedaron dentro mío, ya olvidadas. Quise repasar, retomar mis pensamientos con la lapicera ya cargada de tinta negra -el negro siempre será más elegante-, y extirpar lo de la tarde, lo de la noche anterior. Pero en vano intenté; todo se transforma. Una transformación inevitable. ¿Qué será de nosotros cuando descubramos cómo volver? Cuando lo inevitable pierda su prefijo y seamos los amos y señores de una naturaleza que no comprendemos.
Llenos de furia nos enfermamos y ocultamos nuestro rostro entre las manos, y por un instante creemos entender; que no sirve, que no tiene remedio. La resignación, irremediable.

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